En mi trabajo escucho, observo, saco conclusiones, las desmenuzo, me pregunto y me respondo como un eco que yo solo escucho. Hablan sobre lo hablado y siento jaleo, no me entero; me cuesta preguntar, pero actuó sobre mis deducciones y por eso no necesito preguntar.
De ahí salen muchas cosas de las que escribo.
Cuando
dictan en mi cabeza, le quito la voz a la vida.
Cuando no me
gusta algo, desconecto mi intelecto.
No soy como
todos, ni pretendo que sean como yo.
El cuerpo es
un envoltorio relleno de materia que un día desaparecerá. Los pensamientos son
invisibles que no necesitan la voz para materializarse. Son inviolables,
inalcanzables, dotados de un tatuaje, tal vez adivinables según la forma del
rostro de quienes los piensan.
Pero jamás
te los podrán robar.
La alerta
del temor se desata cuando te arrebatan la libertad de apagar tu voz y
anteponer pretensiones que no se comparten.
Por eso, en
territorio compartido; el equilibrio del bienestar se debe de consensuar.
Tú salud
mental te lo agradecería desde la perspectiva de otro plano.


